
Luis se despedía, la tertulia con un amigo de la universidad había sido buena noche, aún cuando había pasado unos buenos tragos en sí, él podía manejar su estado (etílico) y aunque hubiera podido continuar hasta llegada las horas más altas de la madrugada y frente a desinhibidas situaciones en juerga, creía oportuno retirarse a su casa, pues no le apetecía ese día nada más.
Luis Pensaba que aunque todavía eran poco más de las diez de la noche tendría oportunidad de tomar un taxi y terminar su día durmiendo al llegar a su cuarto y descansar para poder despertar una hora antes y dar un breve repaso a los temas necesario para su formación y después ir a clases y seguir el día. No obstante al salir a la calle observó que no había rastro de ningún vehículo que lo llevase. No tenía otra forma de encontrar transporte que caminar hacia un cruce concurrido, metió la mano en bolsa, sacó su teléfono celular, era un teléfono muy hermoso y de gran calidad, llamativo por así decirlo, tal vez no debió hacerlo, pero sólo puso un poco de música para acompañar su camino y siguió a pie.
De pronto sin darse cuenta a varios pasos se encontró rodeado por algunos adolescentes, los vio sin tomarles importancia, hasta que a cierto punto los contó y observó a tres, uno venía por detrás otro por el frente y uno más cruzaba la calle para rodearlo dejándolo con la pared a su mano izquierda, encerrado por sus presencias al ultimo lo vislumbró por reflejo de luz que brotaba sobre el filo de una navaja que portaba en su mano derecha y justo a un par de pasos frente a él.
-¡Agárralo!, ¡Y suelta todo lo que tengas gordo! – gritó el maleante de la cuchilla a sus dos cómplices, y casi a punto de que el chico de atrás lo sometiera con quizás alguna otra arma. Luis no lo pensó, había estado en situaciones amenazantes pero en ninguna tan dispar. De súbito Luis hizo un movimiento rápido, de su cintura saco un arma dirigió su espalda sobre la pared y apuntó directamente al que tenía más amenazante.
-¡Quiobole!- Les dijo abarcándolos con la mirada fría. - ¡Si me quiebro a uno me los quiebro a los tres y me vale madre!
De repente fue como si los tres sujetos se cimbraran ante el. Pero cuando un cambio surge, los acomodados se incomodan y los líderes estremecen, aunque en este cambio de situación puede salir una leyenda de coraje y valentía delincuencial, el líder optó por correr. Nadie supo finalmente que el arma que sacó Luis era una simple arma de juguete realista, pero lo único que pudo salvarle de la estafa y el mismo cuello no fue el arma sino su coraje; arriesgar todo por nada es la situación que le tocó, aunque no sabemos… ¿Fue desinhibido? ¿Hasta que punto? ¿O cada persona puede despertar la fuerza oculta de arriesgarse y perderse sin mirar consecuencias ante un mal? No lo sé pero al menos Luis tuvo una chispa que probablemente pocos y talvez tú.
